Argentina está enferma.

Y cuando decimos enferma, no nos referimos a un padecimiento temporal o leve, no hablamos de una gripe o angina que con los analgésicos adecuados uno transita hasta la curación, reforzado a veces con paciencia y algo de reposo.

Argentina padece, hace décadas, la enfermedad crónica de la pobreza, del subdesarrollo, de la corrupción, de la inseguridad. Una verdadera falla multiorgánica que si no fuera por la potencia original del cuerpo (sus recursos) y por la resiliencia de algunos órganos obstinados (pymes y emprendedores, el campo, ciertos sectores industriales, una clase media movilizada) deberían haber cesado sus funciones vitales hace tiempo.

Las causas de esos males son de larguísima data, de complejo origen y de una responsabilidad multilateral que interpela necesariamente a distintos segmentos de la sociedad, desde los militares a los intelectuales, de los económicos a los eclesiásticos, ocupando siempre un lugar destacado en el diagnóstico de nuestro fracaso, la clase política. Fuimos todos’’ decía el Tata Yofre.

Una de las particularidades de cualquier enfermedad crónica, es que la persona que la padece tiene frente a sí misma dos caminos: resignarse o dar batalla. Entrar en paz o buscar la cura (si esta existe). Y cuando se opta por lo segundo, se abre el abanico de posibilidades, de las tradicionales a las experimentales, de las benévolas a las agresivas.

Argentina se encuentra en medio de un experimento agresivo. La elección de Javier Milei en el ballotage de noviembre de 2023 cristalizó el alarido de una sociedad harta de curas ineficaces, de médicos corruptos o ineptos que prometían el bienestar para solo producir más padecimiento, y en el proceso, enriquecerse en el ejercicio de sus prestaciones. Frente al fracaso rotundo y rutinario de quienes tradicionalmente deberían administrar alivio, la sociedad eligió hacer a un lado lo conocido para lanzarse al cuidado del chamán, del curandero carismático que supo dar en la tecla de nuestras dolencias y si bien no quedaba del todo claro el camino o los resultados de sus tratamientos recomendados, si había una certeza: sería distinto.

Un año después, el cuerpo de la Argentina se encuentra en plena transformación. Y uso este término sin carga peyorativa o meliorativa. Algo está cambiando. Algunos órganos responden a la nueva medicina, particularmente aquellos afectados por el síntoma más insoportable de todos los que nos asedian desde hace años: la inflación. El nuevo equipo médico exhibe con euforia una reducción drástica y por ahora sostenida en esa fiebre altísima que nos asfixiaba, ese aumento constante de los precios que conlleva la caída estrepitosa del salario real y el poder adquisitivo.

Una fiebre que, como tal, no es enfermedad sino síntoma, en este caso de una infección de larga data, conocida como el déficit público, la emisión descontrolada, y la intervención desmedida en los mercados cambiarios. Y que resuelta dicha afección, junto con varias otras que también estarían bajo tratamiento (como el virus de la inseguridad y el narcotráfico o los tumores malignos de los privilegios de casta), los atrofiados tejidos y músculos que son los sectores productivos podrán entonces recuperar su vigor, y volver a hacer llegar la sangre del desarrollo a todas las extremidades del cuerpo argentino.

Lo que no parece preguntarse buena parte de la sociedad, es que está pasando mientras tanto con nuestra alma. Qué efectos adversos de este (por ahora) exitoso cocktail nos estamos inoculando, y cuales son sus secuelas a mediano y largo plazo. Los síntomas son varios: la violencia verbal desde los más altos pedestales, las agresiones al periodismo, el desprecio al rol del estado o de la carrera pública (y aquellos que profesionalmente lo practican), la propugnación de turbios candidatos a puestos de altísima relevancia institucional, la persistencia (y en ciertos casos el enaltecimiento) de los servicios de inteligencia, ciénaga constante de nuestra peripecia política de los últimos 50 años.

Quizás en el futuro (cercano o distante) el debate será sobre cómo instaurar un contrato social y reglas de juego más aggiornadas a las dinámicas sociales actuales.

Sebastián Perdomo

Los ejemplos no escasean de comportamientos reñidos con principios y prácticas del sistema democrático y republicano que inauguramos hace escasos 40 años. De actitudes frente a las cuales una buena parte de la sociedad antes se abanderaba como opositora al verlas ejercidas durante el ciclo kirchnerista, pero hoy hace la vista gorda o por lo menos lo explica como esto: efectos secundarios aceptables frente a una enfermedad que ya se volvía insoportable. Por algo, frente a este accionar antes repudiable cuando era practicado por sectores políticos instalados del otro lado de la grieta, ahora esa misma sociedad si tiene que elegir una palabra para describir su estado de ánimo actual, elige la palabra ‘esperanza’.

Corresponde entonces formular el dilema de manera más contundente: ¿Cuánto nos importa como sociedad la democracia, el respeto a las reglas de juego, la vigencia de la república y la división de poderes, si ella no trae mejora alguna en las condiciones de nuestra vida material? Frente a la gravedad de las patologías que atormentan nuestro cuerpo nacional desde fines del siglo pasado, ¿acaso empalidece la importancia de encontrar la cura sin salirnos de un perímetro democrático y liberal?

El mismo interrogante puede formularse a lo largo y ancho del globo. ¿Cuánto le importa a un chino votar, siempre y cuando el régimen mantenga los resultados de un crecimiento económico de tasas gigantes? O también con perspectiva histórica (y yendo a un caso extremo): ¿Cuánto le importaba al alemán de 1932 la salud de la república de Weimar, con la viva memoria de la hiperinflación y las humillaciones de la posguerra?

La responsable de definir qué se responde y cuándo se responde a este interrogante, es indefectiblemente la sociedad argentina en su conjunto. Y que el lector entienda bien: en este articulo no buscamos predecir un descenso a la tiranía o una vuelta a pasados dictatoriales. Quizás en el futuro (cercano o distante) el debate será sobre cómo instaurar un contrato social y reglas de juego más aggiornadas a las dinámicas sociales actuales, donde la conectividad y las redes sociales imprimen un ritmo tal a la conversación y las mutaciones socio-políticas que las instituciones actuales, como los partidos políticos o los órganos de representación parlamentaria, quedan reducidos a la ineficacia, en ciertos casos, o a simples reservorios de poderío político totalmente desconectados de los segmentos sociales que supuestamente debían representar.

No buscamos en estas cortas líneas preconizar un resultado, sino solamente poner sobre la mesa una dimensión de la transformación actual que, por apuro o por conveniencia, tiende a soslayarse en pos de no entorpecer la cura de los trastornos que hace tiempo asolan nuestro país. Y que, además, corre el riesgo de mantenernos atrapados en este insoportable péndulo populista: pasando de una izquierda ‘justiciera’ e ‘igualitaria’ que se hace de las herramientas del Estado para, al fin y al cabo, enriquecer a unos pocos; a una derecha ‘libertaria’, que propone eliminar el Estado asegurando así que nuestras desigualdades estructurales sean cada vez más irremediables. Ambos modelos, factoría de pobreza.