A lo largo de la historia, el manejo del discurso ha sido un elemento central en la configuración de las realidades sociales y políticas. Desde los primeros reinos hasta la consolidación de los Estados modernos, la propaganda se ha utilizado para transformar la percepción de la sociedad sobre un suceso, justificando acciones politicas y redireccionando la atención de las masas a donde sea necesario. Con la llegada del siglo XXI, Internet y las redes sociales han revolucionado el fenómeno comunicacional, abriendo nuevos frentes donde el discurso se difunde en tiempo real a una audiencia global.
La invasión rusa de Ucrania, uno de los conflictos más cubiertos mediáticamente de la historia, es un claro ejemplo del poder del discurso como formador de sentidos comunes y realidades. Tras la anexión de Crimea en 2014, la invasión de febrero de 2022 marcó un punto de inflexión, no solo por la violencia en el terreno, sino por la batalla informativa que se desató en paralelo.
El interés por el tema se extendió rápidamente en la ciudadanía: el periódico británico The Times ganó 1.000 suscriptores diarios durante las dos primeras semanas del conflicto y su competidor The Guardian anunció que febrero de 2022 fue su quinto mes más exitoso en vistas online de su historia. A su vez, el estudio “Perceptions of media coverage of the war in Ukraine”, realizado por los académicos Kirsten Eddy y Richard Fletcher, mostró como el 40 % de los estadounidenses se informaba de la guerra online, el 31 % por la televisión, el 5% en la radio y tan solo el 3 % en los periódicos físicos, exponiendo así los nuevos canales de comunicación del conflicto.
Dos relatos de un mismo hecho
Desde un inicio el presidente ruso, Vladimir Putin, justificó la operación militar afirmando que se realizaba para proteger a la población del Donbás de un supuesto genocidio que estaba perpetrando el régimen de Kiev, utilizando los conceptos de “desmilitarización y desnazificación” para legitimar su avance en el territorio ucraniano. Esta narrativa, cuidadosamente construida a través de medios estatales como Russian Today (RT) y Sputnik, buscó movilizar a la población rusa y, a la vez, presentar una visión alternativa del conflicto en el ámbito internacional.
El Kremlin utilizó la comunicación estratégica para representar a Ucrania como un actor militarista y agresor, vinculado a la expansión de la OTAN y a intereses económicos de Estados Unidos y de las principales potencias europeas. A su vez, constuyó una narrativa antioccidental que descalifica a la democracia liberal y presenta a Occidente como disfuncional e incompetente. No sorprende, por tanto, que el entonces Coordinador del Centro del Departamento de Estado para la Participación Global de los Estados Unidos, James Rubin declarase que “una de las razones por las que gran parte del mundo no ha apoyado a Ucrania tan plenamente como se podría pensar, dado que Rusia ha invadido Ucrania y ha violado la regla número uno del sistema internacional, es debido al amplio alcance de RT, donde la propaganda, la desinformación y las mentiras se difunden a millones, sino miles de millones de personas en todo el mundo”.
En contraposición, los medios occidentales expusieron a Rusia como una amenaza mundial que busca “restablecer la URSS” y que bajo la dirigencia de un maquiavélico Putin podría iniciar una guerra nuclear que llevaría al mundo a la destrucción total.
Un análisis detenido de las portadas de los medios europeos y estadounidenses nos muestran cómo en los titulares se asocia la palabra “Ucrania” a conceptos como “invasión”, “Rusia”, “militar”, “bombardeo”, “refugiados” y “crisis humanitaria”, reforzando un marco de responsabilidad y conflicto por parte de Rusia. En cambio, términos como “OTAN” o “UE” se ven relacionados con palabras como “negociaciones”, “ayuda” o “tropas de paz”, enmarcando a estos actores como responsables de buscar soluciones y asistir a un país agredido.
Cambio de actores, cambio de relato, un mismo país.
El 20 de enero de 2025, Donald Trump asumió la presidencia de los Estados Unidos, marcando el inicio de un profundo cambio en la política exterior del país. Desde ese momento, la retórica estadounidense en torno a la Guerra de Ucrania y la figura del presidente Volodímir Zelenski se transformó de manera radical.
La invasión rusa de Ucrania, uno de los conflictos más cubiertos mediáticamente de la historia, es un claro ejemplo del poder del discurso como formador de sentidos comunes y realidades.
Franco Marinone
Durante su presidencia, Joe Biden proclamaba firmemente que “debemos mantener nuestra determinación, nuestro esfuerzo y nuestro apoyo a Ucrania” y aseguraba que “Rusia no ganará, Ucrania ganará, y continuaremos apoyándolos en cada paso del camino”. Además, calificaba a Vladimir Putin como un “dictador loco” empeñado en “destruir Ucrania”, mientras consideraba a los ucranianos como un “pueblo amante de la libertad”. Respecto a Zelenski el expresidente estadounidense lo describía como un “gran líder”, “muy valiente” e incluso como “el hombre del año”. Este marco discursivo fue replicado por los principales líderes europeos y funcionó para volcar la opinión pública occidental a favor del envío de armamento a Ucrania.
Tan solo unos meses después, en pleno proceso de negociaciones para la paz en Ucrania, Donald Trump expresó su “decepción” con Zelenski, acusándolo de ser el responsable de haber “iniciado” la guerra con Rusia. Asimismo, sostuvo que “Europa ha fracasado en traer la paz” y sugirió que el presidente ucraniano probablemente buscaba continuar con el “tren de la abundancia”. El giro discursivo se acentuó aún más cuando Trump expresó su cariño por el pueblo ruso y destacó su “muy buena relación” con el presidente Vladímir Putin. Por otro lado, definió a Zelenski como un “dictador sin elecciones”.
La muerte de la verdad
Los líderes políticos emplean el lenguaje de forma estratégica para alcanzar objetivos concretos, utilizando palabras que pueden tener connotaciones positivas o negativas, e incluso mensajes subliminales, para incidir en la forma en que los individuos entienden y responden a la realidad. Esta premisa es uno de los pilares de la comunicación política y, en tiempos de crisis, adquiere una relevancia aún mayor, puesto que la población se muestra particularmente susceptible a los mensajes que se le ofrecen.
El discurso conforma la realidad y la guerra no solo se libra en los campos de batalla, sino también en el terreno de la comunicación. En esta era plagada de desinformación y discursos polarizadores, es esencial que la ciudadanía cultive un pensamiento crítico que nos lleve al debate constructivo como base de nuestra sociedad.
