La violencia de los grupos antiinmigrantes en Europa ha escalado a niveles alarmantes durante el pasado 2024. Sin ir más lejos, en julio de 2024 se produjeron disturbios en más de 20 ciudades del Reino Unido, lo que llevó a la detención de más de 100 manifestantes antiinmigración. Tras el triple infanticidio de un joven de 17 años en Gales, en circunstancias aún inciertas, se difundieron noticias falsas que lo acusaban de ser un inmigrante ilegal y fomentaron protestas fundamentalmente xenófobas, que llegaron a provocar el incendio de un hotel de refugiados en Rotherham, otra ciudad inglesa. Ante esta escalada, el primer ministro, Keir Starmer, tuvo que pronunciarse y afirmar que “estas no son protestas, es hostigamiento y violencia organizada, y no tiene cabida en nuestras calles ni en Internet.” ¹
¿Quiénes promueven las movilizaciones anti-inmigrantes?
La situación no es exclusiva del Reino Unido, sino que se han dado movimientos de este tipo en Italia, Alemania, España, Francia y tantos otros países de Europa y América del Norte. Pero lejos de ser grupos espontáneos de ciudadanos autoconvocados, estas organizaciones están promovidas por partidos de ultraderecha populistas que han visto en los inmigrantes un sujeto político ideal para construir una retórica de «ellos, la amenaza», contra «nosotros, las víctimas». Es decir, construyen un relato en el que el extranjero es un peligro para la gente local, que ve reducidas sus oportunidades de conseguir empleo y vivienda digna, entre otras cosas.
Lo cierto es que este tipo de discursos anti-migrantes son tan sólo un síntoma de un fenómeno que está afectando a las sociedades modernas: la erosión de las instituciones democráticas. Efectivamente, las democracias en Occidente vienen siendo testigos del avance de espacios políticos extremistas y líderes con connotaciones populistas como Trump en Estados Unidos, Orbán en Hungría y Bukele en El Salvador. Hay quienes ven en ellos auténticos representantes de sus pueblos que combaten contra los intereses de la élite, y quienes creen que se trata de autoritarios que quieren derribar la democracia. La realidad, como siempre, es un poco más compleja. Si bien aquellos líderes a los que se los suele catalogar de “populistas de derechas”, han llegado al poder de forma democrática, Robert Dahl bien ha enseñado que la democracia no se trata sólo de ganar elecciones. También deben garantizarse derechos como la libertad de expresión, de reunión, y de prensa, así como deben existir pesos y contrapesos entre los poderes del estado.
De esta forma, los dirigentes políticos en el poder han adoptado medidas restrictivas en las fronteras particularmente sensibles para quienes buscan asilo o ayuda humanitaria. Por ejemplo, la primera ministra de Italia, Giorgia Meloni, ha limitado la capacidad de acción de las ONG que ayudan a los refugiados, restringiendo el número de rutas permitidas para realizar su trabajo comunitario. En la misma línea, representantes del partido VOX han propuesto en el Parlamento español restringir la entrada de personas procedentes de países musulmanes. ²
Estas reacciones anti-inmigración son especialmente malas noticias para las más de un millón de personas que buscan ingresar a Europa como refugiados en medio de la escalada de violencia en Medio Oriente iniciada por el atentado de Hamas en octubre del 2023 y la posterior respuesta de Israel.³ Se trata de la cifra de peticionarios de asilo más grande en los últimos ocho años. En otras palabras, los grupos anti-inmigración piden cerrar las puertas de sus países en el contexto de una de las mayores crisis humanitarias de los últimos años.
¿A qué le temen los anti-migrantes?
En el libro “Cómo mueren las democracias”, Levitsky y Ziblatt analizan que las mismas, ya no suelen ser violentamente interrumpidas como en el siglo pasado, sino que más bien este nuevo perfil de líderes hiper-personalistas van socavando lentamente sus instituciones desde adentro y centralizando constantemente el poder del Estado en su persona. Los autores explican cómo a través de retóricas intolerantes y desinformativas, los líderes populistas han aprovechado las frustraciones de la gente provocadas por años de fallas económicas, falta de empleo y de vivienda, para convertirlas en resentimiento social. Un resentimiento que les ha servido para fomentar la polarización política y ganar apoyo para esta absorción de poder que les permita “darles una solución definitiva a sus problemas.”
De nuevo, la clave del éxito para esta polarización es confundir con desinformación para generar preocupación en la sociedad sin tener que recurrir al uso de violencia como lo hacían las dictaduras. Asociar a la población migrante como una amenaza para el resto de la sociedad no es exclusivo de líderes europeos. El presidente Javier Milei en su discurso en el Foro de Davos 2025 ha tildado a los refugiados como “hordas de inmigrantes que abusan, violan o matan a ciudadanos europeos”, mientras que su referente y aliado, Donald Trump, ha iniciado su prometida deportación masiva en Estados Unidos. ⁴
Para poder desmitificar y enfrentarse a los discursos xenófobos es importante entender cuáles son las problemáticas que estos países están enfrentando y que determinados sectores deciden cargar sobre las espaldas de los inmigrantes.
Los discursos de partidos políticos como la Liga Norte en Italia o la Concertación Nacional en Francia se centran principalmente en el supuesto impacto negativo de la inmigración en sus economías, a pesar de que no hay pruebas que demuestren que esta sea perjudicial para el desarrollo económico. Por el contrario, el informe de 2024 de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) reconoce que la inmigración tiene un impacto positivo en el crecimiento económico de las sociedades avanzadas, particularmente en lo que respecta a la productividad.
Las acusaciones se centran en la falta de acceso a la vivienda y a empleos y salarios de calidad, problemas que aquejan a la Generación Milenial y Centennial en todas partes del mundo, independientemente de los niveles de inmigración de cada uno.
Si bien son frases que fácilmente pueden calar entre la gente, la evidencia contradice una vez más a esos discursos xenofóbicos. Estudios del Instituto de Políticas Migratorias han confirmado que la contribución de los inmigrantes es vital en ocupaciones esenciales y menos deseadas por los ciudadanos nativos, como el trabajo doméstico, el procesamiento de alimentos y la manufactura.
Concretamente, la falta de acceso a la vivienda, a trabajos y salarios de calidad, o a la seguridad, no son problemas generados por inmigrantes, y por ende, no desaparecerán por echarlos del país.
El miedo a perder la identidad nacional
Los movimientos anti-migrantes ven en la inmigración a gran escala una presunta amenaza a sus costumbres y tradiciones, es decir, el temor a que extranjeros impongan sus hábitos, idioma y valores por encima de los de los locales.
Paradójicamente, estudios sobre las políticas del actual gobierno conservador en Italia revelan que el sentimiento anti-inmigrante aparece como una reacción en contra de los valores tradicionales europeos de libertad, apertura y pluralismo. En vez de enfocar la responsabilidad en los dirigentes que no han sabido brindar a la población garantías de empleo, seguridad y vivienda, eligen culpar a las personas migrantes por todas esas faltas.
Migrar es un derecho humano que merece ser defendido
Estos tiempos de particular agresividad contra todo lo diferente (o más bien, lo que históricamente se consideró que debería quedar anclado en la marginalidad) convoca a la acción a todos aquellos que consideramos la migración como un derecho intrínsecamente humano.
Es necesario entender que no existe -entre la gente en general- un genuino sentimiento en contra de las personas migrantes. La mayoría de la población simplemente quiere que sus problemas cotidianos de ingresos, trabajo y vivienda, sean resueltos, y frente a generaciones de dirigentes políticos que les han dado la espalda, han volcado su confianza en estos carismáticos líderes antisistema. Sucede que los populistas han sido exitosos en cargar a los migrantes con la responsabilidad de esos males, generando discursos cargados de resentimiento.
El desafío para quienes quieren construir una sociedad desarrollada y respetuosa de los derechos humanos, es enfocar su energía política en resolver estos problemas básicos que han hecho que la sociedad descrea de la democracia como sistema y abrace discursos de resentimiento.
