Entre los muchos recuerdos que tenemos de nuestro paso por la escuela, estoy seguro que todos recordamos algún momento donde nos llamaron al frente para dar una lección o hacer una presentación. Independientemente de cuánto hayamos estudiado para ese momento, la sensación de estar junto al pizarrón, con todos nuestros compañeros observándonos y el docente evaluándonos siempre nos ponía nerviosos. Para muchos, incluso, los nervios, la vergüenza o la ansiedad eran tales que podían llegar a dejarlos en blanco, sin capacidad de expresar todo lo que sabían.

Esta escena tan común en el aula, tanto décadas atrás como ahora, da cuenta de un factor muchas veces invisible pero que tiene una gran incidencia en el proceso educativo: las emociones.

Al igual que la vida, el aula está atravesada por las emociones. Primero, por las emociones que los chicos traen de sus casas, donde la realidad familiar o del hogar impacta de lleno en el desarrollo emocional y en la personalidad de un estudiante. Segundo, por las emociones de los docentes y directivos. Tercero, por las emociones que surgen de cualquier dinámica de grupos: colaboración, liderazgo, competencia, rechazo, formación de lazos comunitarios, procesos de identificación, desarrollo afectivo. Y por último, por las emociones que caracterizan cualquier proceso de aprendizaje, que van desde el entusiasmo de alcanzar un objetivo hasta la frustración de no poder cumplir con lo que se espera de uno.

Aunque puesto en estas palabras parece algo obvio y sencillo, no tenemos que olvidar que la escuela recibe en sus aulas a chicos y chicas de entre 3 y 18 años, es decir, jóvenes que están en pleno desarrollo no solo físico y cognitivo, sino también emocional. Como resultado, cada una de estas emociones las viven y las atraviesan multiplicadas por diez en comparación a los adultos. Y más en este contexto dónde la sobreexposición a la tecnología y a los estímulos digitales tienen un impacto gigante en la salud mental de los estudiantes.

Veamos algunos datos. Según UNICEF:

- Más del 20% de los adolescentes de todo el mundo sufren trastornos mentales.

- Entre los problemas de salud mental de mayor prevalencia en América Latina y el Caribe, la ansiedad y depresión lideran la lista con un 47,7%, seguido por los trastornos por déficit de atención/hiperactividad con un 26,8%.

- En la Argentina, entre el 10% y 20% de los adolescentes experimentan problemas de salud mental.

- Como resultado, el suicidio es la segunda causa de muerte entre los jóvenes de 15 a 19 años.

Al igual que la vida, el aula está atravesada por las emociones.

Sergio Siciliano

Parte de la transformación educativa que necesitamos consiste en incorporar las habilidades emocionales al proceso de aprendizaje.

Sergio Siciliano

La escuela no puede mirar para el costado. Parte de la transformación educativa que necesitamos consiste en incorporar las habilidades emocionales al proceso de aprendizaje. Necesitamos que los chicos puedan regular correctamente la ira, la frustración, la angustia. Necesitamos que puedan trabajar en equipo siendo empáticos con los demás. Necesitamos que sean resilientes para que puedan resolver problemas y desarrollar su pensamiento crítico.

Es por ello que necesitamos incorporar la educación socioemocional a las escuelas en Buenos Aires.

Bien concreto, la educación emocional se enfoca en dos direcciones: potenciar la esfera afectiva de los estudiantes y desarrollar las competencias emocionales de los docentes. Entre estas apti- tudes, se encuentran la autoconciencia emocional para comprender nuestros sentimientos y emociones, el autocontrol emocional para darle lugar a las emociones positivas y controlar las negativas, la automotivación para impulsarnos a alcanzar metas y mantener el optimismo a largo plazo, la empatía para reconocer e interpretar las señales emocionales de los demás, y las competencias sociales para comunicar de manera asertiva nuestros pensamientos y sentimientos y comprender también el impacto de nuestras acciones en los demás.

Esto es fundamental no solo para el desarrollo humano de los estudiantes en el plano individual, sino también para mejorar su rendimiento académico y su interacción social. Desde el plano académico, está probado que un chico angustiado, con ansiedad, o triste, aprende menos que un chico estimulado y fuerte emocionalmente.

Estudios realizados por la UNESCO y la OECD han mostrado que los estudiantes que reciben educación socioemocional presentan mejoras del 11% en su rendimiento académico y una reducción significativa en problemas de comportamiento. Además, el 90% de los docentes capacitados en habilidades socioemocionales reportan mejoras en el clima escolar, así como en la capacidad de sus alumnos para manejar el estrés y la frustración.

Y desde el plano social, mejorar la regulación de las emociones entre un ámbito plural de actores como la escuela, donde conviven estudiantes, familias, directivos, docentes y no docentes, fortalece el clima escolar, el bienestar comunitario y la buena convivencia, lo cuál también beneficia a toda la sociedad. Mejores estudiantes significan también mejores ciudadanos en la vida adulta.

Para lograr este objetivo, desde mi rol de Legislador Porteño he impulsado la sanción de la ley de Abordaje Integral y Promoción del Bienestar Escolar que pone el foco en tres ejes principales: educación socioemocional, salud mental, y bienestar integral en el contexto escolar, apuntando tanto a la formación continua de docentes como a la implementación de programas preventivos de problemáticas psicosociales para fortalecer las emociones de los estudiantes.

Tenemos un largo camino por delante. Pero tenemos que empezar ahora. Los desafíos del mundo actual, tanto en la escuela como en la vida adulta, son indisociables de la gestión de nuestras emociones y de las habilidades que necesitamos para canalizarlas a nuestro favor.

Es hora de que pasen las emociones al frente.